jueves, 10 de agosto de 2017

Semejanza, de Nicolás Corraliza.

                                                           LA POESÍA COMO ESPEJO (1). 

           
              EL CAMINO TOMADO. UN POEMA DE VIÁTICO, DE NICOLÁS CORRALIZA


                                   
Comienza el poema como si fuera un cuento. La voz poética recupera, en el presente, la mirada infantil y compone la escena. Recuerda una acción que parece estar distorsionada, como si estuviera reflejada en un espejo gastado. Recordemos lo que dice Shelley:  “Poetry is a mirror which makes beautiful that which is distorted.” La magia dolorosa de la poesía hace que lo que está distorsionado aparezca bello, poético, hermoso, a pesar del dolor, de la desesperanza y de la amargura de saber que el protagonista “ya no busca nada”. Tiene el poema un ritmo ascendente en el momento que entramos en el mundo real: números, caligrafía que nos remite al campo mental. Del mundo que rodea al protagonista pasamos al protagonista mismo: a sus pies y nos encontramos, en el cuerpo del poema, con una deslumbrante metáfora, de talante social,  en la que podemos escuchar “el aullido de los caminos” donde en vez de brotar flores, brota el jornal. 
      No es el camino como en el poema de Robert Frost “El camino no tomado”, en el que nos encontramos un dilema moral:
 Dos caminos se separaban en un bosque amarillo
 y sintiendo no poder tomar ambos
 y ser un solo viajero, me detuve por mucho tiempo
 y escudriñé uno de ellos todo lo que pude
 hasta allí donde se doblaba en la maleza.
Tampoco como el que quería Machado: hacer camino al andar o el camino como río que te lleva al mar. Este es el camino de la “semejanza”. (Para seguir la historia del protagonista se recomienda leer el poema “Caja de herramientas” donde el hijo “es incapaz de construir versos del ruido”).
El poema es un tríptico hecho con caligrafía amorosa en una tabla carcomida por el tiempo y está construido con nueve versos divididos en tres “cuadros” que nos cuentan la historia cotidiana del protagonista: del recuerdo,  del trabajo y de la soledad. (¿Supo el hombre que hacia números de la herida del amor?)
Pasa gramaticalmente de un pasado imperfecto a un pretérito desarraigado y por último a un presente de estoica esperanza. En el primero y en el último el protagonista aparece sentado en dos posturas opuestas: la de la vida y la de la espera. El espacio central es el que imprime movimiento tanto al poema como al protagonista.
Termina el poema con dos posibles caminos que al final serán uno solo y también con dos preguntas insinuadas: ¿espera el protagonista el paso del tiempo al abrigo de las cuatro estaciones? o ¿espera con “el vaivén seguro” el paso del último tren?
Si poesía es todo lo que importa recordar en la vida, este poema es un ejemplo: anota y recuerda una parte importante en la vida del poeta.